LA PRÓXIMA ESTACIÓN

Foto próxima estaciónMe había pasado todo el día arriba y abajo ordenando archivos en el despacho ya que sólo yo podía hacerlo debido a un desorden acumulado tras dos meses de una becaria ineficiente que por suerte iba a tomarse vacaciones sin pago y de paso no la volvería a ver mas.

Agobiada, cansada y algo derrotada llegué a casa con las únicas ganas de darme un baño y meterme en la cama a leer aunque sólo fuera un par de páginas. Entré en el recibidor vi  un paquete certificado a mi nombre que no esperaba. No imaginaba quien me lo podía enviar . Lo abrí de inmediato y allí estaba, no podía ser menos, el libro tierno aún caliente  de la imprenta, escrito por  Joaquín Ríos. No me lo podía creer, no hacía ni tres días que me había dicho que me iba a enviar su última novela en el que uno de los personajes era inspirado en mí  y que tenía que adivinarlo. Ni siquiera me tomé en serio sus palabras y pensé que iría para largo, si es que algún día lo llegaba a recibir.

A Quim, conocido escritor, sobre todo, entre escritores, lo conocía desde la infancia, eramos vecinos de Calonge en verano y formábamos parte de una pandilla de vándalos que se dedicaba a destrozar las cabañas de cañas de la pandilla rival y rehacerlas a gusto y usanza personal. Cuando nos hicimos mas mayores me dijo un día bajo un olivo bicentenario que a día de hoy aun vive,  quería ser escritor y que un día se casaría conmigo. Me reí con esa risa estúpida de quien no sabe qué decir para ganar tiempo y ahora, al cabo de los años, tenía en mano uno de los primeros ejemplares que todavía no habían tenido tiempo de reposar en librería alguna.

Consulté la agenda y pensé que lo iba a mandar todo a paseo. No tenía tiempo ni de leer mas de dos páginas seguidas, durmiéndome como una insomne a la mañana siguiente, en cualquier sitio ,si me daba por leer mas de dos horas seguidas. Mañana debía tomar la decisión drástica de abandonarlo todo. Un día, solo un día, sería suficiente para leerme trescientas cuarenta páginas de tirada. Calculé que en ocho horas lo tendría resuelto. Pero me faltaba dónde hacerlo. En casa era imposible, la asistenta estaba`por las mañanas y el raro día que estaba con ella me daba la tabarra con el aspirador y el palique de sus cosas. Si me iba a la biblioteca, estaría incómoda  o me encontraría como la última vez a la compañera de carrera opositora a judicaturas que me contaría lo mal que lo estaba pasando con la familia a cuestas. Las tardes las tenía cogidas por todas partes y en casa no se podía leer: teléfono, vecino que llama, portero, que si meriendo, que si ahora me conecto a Internet para ver correo, que si vienen a saludarme por MSN, que si ahora es la hora de Pasapalabra. Definitivamente imposible.

Me fui  a la cama relajada. Consulté a la almohada y a la mañana siguiente tenía la solución como un rayo ilumina en décimas de segundo la noche.

Aquella y la siguiente fueron unas semanas de trabajo trepidante juntándose toda una serie de imprevistos que me hicieron dejar de pensar en el libro hasta tal punto que si me disponía a leer no encontraba el momento siquiera de acabar una página. Tras mas de una semana sin poder soportar la presión que me envolvía, los dioses me dieron por fin un respiro. Consulté la agenda y comprobé que al día siguiente miércoles, no tenía ninguna visita apuntada. Cogí el teléfono y le dije a mi secretaria, dándole instrucciones, que no aparecería por el despacho en todo el día y que anulara también la única visita de la mañana del jueves, de este modo me cercioraba  que acabaría el libro de un tirón sin las temibles interrupciones.

Sintiéndome al fin libre cual ave escapada de su jaula, me dirigí a la Estación de Tren y compré un billete de ida y vuelta (lo que menos me importaba era a donde iba) de un trayecto de cuatro horas de ida y cuatro de vuelta. Quería un tren sencillo pero confortable y sobre todo que fuera un trayecto a ser posible sin viajeros. Eso fue lo que dije en taquilla y justo así me entregaron el billete.

Mi libro y yo. Al fin leería a gusto, al fin cumplía la fantasía que muchas veces había pensado que iba a hacerse realidad: coger un tren solo para leer.

Por precaución había comprado clase preferente y aunque podía haberlo cargado a la empresa, no quería dar explicacions falsas; de este modo me aseguraba que ningún pesado vendría a darme conversación; la tranquilidad costaba un precio que me pareció un regalo.                                                       Me senté en un asiento numerado y al darme cuenta de que en el vagón no había nadie, respiré feliz. Era un tren silencioso, limpio y cómodo revestido de madera que recordaba al Orient Express, envuelto en una romántica penumbra que invitaba al recogimiento. Desconecté el móvil y un monótono ruido de fondo me invitaba a pasar las páginas perdiendo toda noción de tiempo. Sola allí como un faro en la mar, era consciente de que nada ni nadie iba a romper mi calma.                                                                                             Consulté el reloj, habían pasado casi tres horas, el viaje prometía, me volví y cual fue mi sorpresa cuando vi que un hombre que no llegaba a los cuarenta, me estaba mirando dos compartimentos mas atrás. Él giró la vista hacia la ventanilla en cunato descrubrió que le había visto. Me turbó por un instante su imagen. Me levanté y con unas enormes ganas de tomarme algo fresco, me dirigí al bar. Me dio ganas,no sé por qué razón , de tomarme un Gin tonic. Tenía necesidad de hacer lo que nunca solía hacer. Y apareció a mi lado el chico que me miraba, me preguntó: “¿sabes si falta mucho para la próxima estación?”                                                                                                                     Me quedé atontada por unos instantes, sus facciones, sus ojos grandes de mirada brillante color miel, casi amarillos, sólo se los había visto a un hombre en El Cairo, contrastaban con su piel bronceada.  Se colocó a mi lado apoyado en la barra e inició la típica conversación. Casi ni le contesté pero me mostré amable con las justas palabras.                                                                          Me dirigí a mi asiento y no habían pasado ni cinco minutos cuando lo tuve enfrente.

–¿Te importa que me siente aquí?—me preguntó con respeto.

–¿Qué libro estás leyendo?

Maldije y bendije al mismo tiempo mi suerte. Cómo le iba a decir que no.

–Claro, siéntate

–Me he dado cuenta que no has parado de leer

–¿Adónde vas?

–No sé… tengo que mirar el billete

–Jajajajaja…–nos reímos los dos.

Me empezó a hablar de su vida, de que era periodista de no sé que diario de Salamanca. No me importaba quién fuera y lo que hacía. Primero estaba hablándome sentado enfrente mio, luego con la excusa de que iba hacia atrás, se sentó a mi lado. Y mientras su estación no llegaba nunca o ya la había pasado, lo oía pero no lo escuchaba. Su voz me excitaba. Me empezaba a notar la entrepierna mojada pero no hacía calor. Tenía ganas de levantarme para ir al lavabo a desahogarme. Pero qué era lo que me estaba pasando ahora, me preguntaba. Me parece que tengo ganas de masturbarme.

–Ya sé dónde estoy—dijo mirando la ventanilla.

Los dos nos miramos y al instante sus manos acariciaron mis mejillas dándome un beso suave al principio y seguidamente como un vuelco me introdujo la lengua con vigor. Olía a fresco y a arena del desierto, mezcla densa a feromonas traviesas. Mientras mis piernas empezaban a temblar, jugó con mis pechos encendidos, erectos. Bajo la penumbra del vagón, nos tumbamos al suelo enlazados y sudados y mientras me besaba el cuello con lentitud bajando hasta lamerme los pezones duros , temía que si me acariciaba el sexo se le empaparía la mano. Llevaba falda y todo fue muy fácil. Se incorporó y mientras me acariciaba los pechos, lo monté como una amazona, al trote primero, luego al galope. Recuerdo que me decía “eres preciosa, eres preciosa” una y otra vez entre gemidos de placer, penetrándome con la facilidad de un pez dentro del agua oceánica. Me parecía que aquello no podía estar sucediéndome a mí. Era otra persona que se dejaba llevar. Fue la penetración mas dulce que tuve en mucho tiempo.

Cuando acabamos me miró con mas deseo y lo primero que me dijo fue que lo acompañara a comer en la próxima estación.

One Response to “LA PRÓXIMA ESTACIÓN

  • Esto es un comentario que tienes que escribir Sylvia….aquí arriba hay una pastillita de “EDIT”… y borras esto para poner un comentario sobre este artículo… Gonzalo

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